Un ruido sospechoso interrumpe la rutina matutina.
La señora Dupont, de 78 años, viuda y sin hijos que vivieran cerca, llevaba una vida solitaria en su apartamento. Siempre cortés pero reservada, encarnaba, a ojos de Thierry, la imagen típica de una jubilada discreta y modesta. Hasta aquella fatídica mañana. Mientras regaba sus plantas en el balcón, un sonido inusual lo paralizó: gritos, amortiguados pero perfectamente inteligibles, provenían del apartamento vecino. La preocupación lo invadió de inmediato. ¿Estaba su vecina en peligro? Sin dudarlo un segundo, corrió a llamar a su puerta.

Un vecino transformado tras el umbral
La sorpresa fue total. Madame Dupont abrió la puerta con una amplia sonrisa, claramente en excelente estado de salud. Mejor aún, lucía con orgullo un kimono blanco impoluto de artes marciales, con el cinturón bien ajustado y una postura erguida y decidida. Thierry se quedó sin palabras. ¿Había malinterpretado la situación? ¿Había cometido un error? En absoluto.
