Todo empezó como una simple curiosidad. Mientras alisaba las sábanas, me fijé en un puñado de pequeños objetos de color marrón rojizo esparcidos por el colchón. A primera vista, parecían inofensivos: tal vez pelusa, tierra seca o restos sueltos. Pero cuanto más los observaba, menos aleatorios me parecían. Su forma era demasiado uniforme, su color demasiado consistente. No parecían accidentales. Parecían restos.
Una inquietud silenciosa se apoderó del lugar.
Las preguntas no tardaron en surgir. ¿De dónde venían? ¿Cuánto tiempo llevaban allí? ¿Eran rastros aislados o las primeras señales visibles de algo oculto en la habitación? El dormitorio, normalmente un santuario de descanso, de repente me pareció extraño. Empecé a darme cuenta de la facilidad con la que los espacios cotidianos ocultan aquello que pasamos por alto hasta que finalmente lo descubrimos.