Un experto explica por qué nunca se debe endulzar el café y beberlo amargo.

Todos tenemos hábitos de consumo de café muy arraigados. Esa cucharada de azúcar que añadimos automáticamente sin siquiera probarla. Y luego está esa persona que insiste: “El café de verdad es amargo”. Dan ganas de poner los ojos en blanco… y sin embargo, ¿y si, por una vez, esta frase escondera una verdad sensorial? Aquí no se trata de moralizar sobre el azúcar: simplemente hablamos del placer, los aromas y la experiencia gustativa del café sin azúcar.

Azúcar, esa falsa amiga que lo enmascara todo

Según Vincenzo Sansone, propietario de una cafetería y microtostaduría en Nápoles, añadir azúcar al café suele enmascarar un problema de sabor. Un buen café, explica, ya tiene un dulzor natural. No es empalagoso, sino redondo, equilibrado, casi sedoso al paladar.
Cuando el primer impulso es añadir azúcar, suele ser porque el café está demasiado amargo. Sin embargo, este amargor excesivo no es inevitable: generalmente es señal de un tueste excesivo o una extracción mal controlada. El azúcar, entonces, simplemente enmascara un defecto, en lugar de revelar la riqueza de la bebida.

Un buen café no debería ser agresivo.

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