Algunas heridas las infligen desconocidos, pero las más profundas suelen venir de aquellos que se supone que más nos quieren.
Para Zainab, la vida estuvo marcada por el rechazo mucho antes de que pudiera comprender plenamente su significado. Nacida ciega en el seno de una familia adinerada y muy respetada, no fue tratada como una hija querida, sino como una fuente de profunda vergüenza.
Su padre, Malik, la consideraba una mancha permanente en la intachable reputación familiar. Mientras que sus hermanas, Aminah y Laila, eran admiradas por su belleza y posición social, a Zainab la trataban como un problema del que deshacerse discretamente. Cuando cumplió veintiún años, la familia puso en marcha su plan más humillante hasta el momento: la obligaron a casarse con un hombre al que el pueblo despreciaba por ser un simple mendigo.
Lo que sucedió después cambiaría sus vidas para siempre.
Una hija a la que su padre se negó a amar.
En la imponente mansión, Zainab solía sentarse en silencio en un rincón del salón. Aunque no podía ver, reconocía cada sonido a su alrededor: el crujido de las tablas del suelo, el susurro de las cortinas, los pasos apresurados de quienes pasaban a su lado.
Sobre todo, reconoció los pasos de su padre: pesados, fríos e implacables.
Un día, Malik anunció una decisión impactante. Zainab se casaría a la mañana siguiente. No con un noble, ni con un comerciante, sino con un mendigo.